lunes, 4 de junio de 2012

La Guerra de las Galaxias


                Repasando mis notas de columnista Lerdo he recordado que nuestro país se encuentra inmerso en el rimbombante “escudo antimisiles” y nos hallamos aquí por la gracia de nuestros próceres, esto es, por la adhesión que se aprobara en el último Consejo de Ministros presidido por el ínclito Zapatero y por la posterior aquiescencia de otro presidido por el carismático, cual goleador Iniesta pero sin su juego de piernas, Rajoy.
            Y es que el reciente refrendo Popular (me temo que con mayúscula) me ha traído a la memoria la duda que me asalta desde el día de autos y que me siento incapaz de resolver: ¿Por qué las últimas decisiones de los gobernantes de un país en quiebra técnica nos meten en una fiesta (mientras los adláteres medios de comunicación se afanan en agachar la posible polvareda con una intensa meada) que cuesta un riñón y que supongo busca forjar alianzas entre civilizaciones con la benemérita lógica de la guerra? Ya que los Interesados no se justificaron, a mí sólo se me ocurren tres posibles explicaciones: 1.Buscan protegernos frente a la Unión Soviética. 2.Buscan protegernos ante ataques alienígenas. 3.Es el natural desenlace de un gobierno socialista, progresista, de izquierdas; ese e indultar a un banquero en la misma tacada.
            En un mundo en decadencia y en plena transición, como diría cualquier clásico de cualquier época, no dejo de sorprenderme ante el afán de buscar ese dinero, que hoy parece un bien tan escaso, en la nómina de los funcionarios y no en la “Guerra de las Galaxias” como denomina al proyecto la ilustrada Norteamérica, en la pensión de un jubilado y no en el finiquito de un banquero incompetente. Pero mi hilo mental se interrumpe porque “La Guerra de las Galaxias” me retrotrae al primigenio título de la película, y éste a una posible y paralela secuela, “La Guarra de las Galaxias” y de ahí salto a “Abierta hasta el Amanecer” y a “Si no soy Curro Jiménez, ¿por qué tengo este trabuco?”
            Así que tras ímprobos esfuerzos de meditación y concentración vuelvo a la candente actualidad para ceñirme a dos ideas: Primera, en esto nos ha metido principalmente la Justicia, los leguleyos,  picapleitos, jueces de la ley del embudo, los abogados que ostentan la Administración en áreas tan dispares como agricultura, cultura, deporte o defensa, que todos parecen valer para todo, aunque después se dediquen casi en exclusiva a hacer alarde de sus dotes de comercial; los jueces que se niegan en redondo a encarcelar a quién hizo o permitió especular con la vivienda contraviniendo la Constitución que es la norma básica del Estado, destrozando el paisaje y encareciendo la vida del paisanaje, jueces que marcan un estricto tope monetario hacia arriba sobre el cual ya no es posible actuar penalmente. Segunda, también de la Justicia han de empezar a partir las soluciones, alguien armado de toga y birrete (añorando a Garzón) tiene que empezar a dictar sentencias en las que se afirme que si un Consejo de Ministros se empecina en empobrecer a la clase media de su país e inyectar el dinero de todos a La Casta banquera que hunde Cajas y se lleva varios millones de migajas, esto no es “salvar la credibilidad del país en el exterior” como afirman, esto es un delito.
            Mientras esos nuevos tiempos llegan, podemos dedicarnos a imaginar al Parlamento trabajando al completo, ya es hora, en el rodaje de una superproducción de cine; invito desde aquí al lector para que invente posibles títulos, aunque no me resisto a dar yo algunos: “El Parlamento Calenturiento”, “El Senador Follador”, “El Manifiesto Enhiesto”, “Ministerio de Orgías”, “Por un proyecto de ley el culo como un ojo de Buey”, “Negocié un pacto de Estado y ahora no puedo estar sentado”, “Vaya fuste que tiene el Ilustre”.   Biba la qultura.

martes, 29 de mayo de 2012

Marina



             
            Amanece sobre Nerja como podría hacerlo sobre Viena, Galway o Hamelín. El sol arranca destellos sobre los lomos de una enciclopedia simulada, empleada por el casero para decorar económicamente una casa de alquiler, el aire es ya tibio desde muy temprano lo que anuncia otra jornada de calor húmedo y sofocante.
            Cristóbal permanece en la cama de sábana revuelta y jirones de sueño, el mundo se divide en dos: me levanto y aprovecho el tiempo o me quedo en la cama hasta que me salga de las narices, total, estoy de vacaciones. Un tercer pensamiento, en realidad subordinado del primero, decanta la decisión, si no te levantas después te vas a arrepentir.
            Cristóbal se vuelve hasta ponerse de costado y ahí gira el tronco con cuidado irguiéndose mientras baja las piernas de la cama y espera un poco sentado en el borde, usa esta técnica para no dañarse la espalda, que ya le ha dado algún que otro susto; mientras, piensa que a los treintaidós años ya no se es un chaval (y el lector de este cuento que ya haya pasado con creces esa edad piensa ¡qué tontería!). Cuando sale a la terraza y estira su cuerpo apoyándose en la barandilla una brisa salobre le saluda, el mar titila casi como el de su infancia, una leve sonrisa se dibuja inconsciente en su cara por las endorfinas engendradas por el Mediterráneo que refleja el sol nuevo de la mañana. Cristóbal se pregunta, como hicieron tantos otros en la misma terraza, en el mismo bloque de apartamentos, en la misma Nerja, en otros miles de pequeñas ciudades residenciales y vacacionales, que cómo será vivir aquí todo el año; por fuerza ha de abandonarte la sensación de novedad, la percepción de que todo el mundo por la calle es feliz seguro que es superada al comprobar que es tu felicidad la que ves reflejada en los demás cuando tienes quince días por delante sin obligaciones, la resaca del mar llena tu dormitorio de música cadenciosa y olor a brea, y el sol brilla en tu cara coreado por los chillidos de las gaviotas que emulan a las de tu niñez. Sí, residir aquí de forma permanente por fuerza ha de conjurar hechizos de verano azul, pero no se debe vivir mal junto a un mar cuya presencia te reconforte; él no te va a traicionar, siempre serás tú quién le deje primero.
            Cristóbal se pone en marcha; su mente comienza a funcionar de forma productiva adelantándose a sus acciones, sus actos van por detrás de su cerebro que va dando órdenes e, implacable, poniendo orden en su día; pon la cafetera, ¿vas a ir a la playa?, tienes que ir aunque sea un rato, a ver si te vas a volver a Madrid de color pajizo, hay que poner un poco de orden en el apartamento, poca cosa, por suerte es pequeño y no es mío, ¿dónde vas a comer?, el bar de menús de abajo tiene buena pinta, lo esencial es que sea familiar y ver que la familia  come allí, además, económico, que La Casta se lo está llevando todo, después pequeña siesta y al final, toda la tarde para mí.
           

                                                           *


Cristóbal lleva seis días de vacaciones y ha conseguido la relajación necesaria, el viajero se apacienta cuando se adapta al nuevo entorno; da gracias cada día a san Chanquete por favores recibidos, pero su clímax se encuentra en su rutina, pasea, nada, toma el sol, sestea, compra algo en los tenderetes de los jipis, pero una vez reducidos todos los factores de su día y acotados en el tiempo, el resto de las horas, elegidas entre las más favorables para no tener polémicas vecinales, son suyas para lo único que importa, tocar el violín.
            El violín de Cristóbal, prolongación de sí mismo, fidedigno modo de expresión de su alma, razón de ser de su tiempo. Que pregunten a familia y amigos, les dirán que el chaval no piensa en otra cosa, que su música se acerca un poquito a la obsesión; pero en su fuero interno todos saben que acusan con segundas intenciones, porque quién espera de Cris que cambie su forma de emplear el tiempo, desea que cambie sus rutinas por otras más del gusto del acusador; el egoísmo humano, siempre presente, los amigos de adolescencia que si te vas a volver majara todo el día dándole al arco, que si no vas a vivir de la música con tanto virguero como hay por ahí, (siempre con la esperanza de llevarse a otro compañero de holganza); la familia que si haz algo de provecho, estudia, de la música no se vive, o sácate otra carrera como hacen otros y, aparte, con el tiempo que te sobre, ya con un trabajo, haces lo que quieras…
            Lo curioso es que el empecinamiento de Cristóbal tampoco encuentra completo apoyo en sí mismo, porque Cristóbal apenas estudió en el Conservatorio, que le pareció frío y aburrido, casi no tomó clases con ningún maestro, los que conoció le resultaron pretenciosos,  estrictos hasta el absurdo o simplemente pobres ejecutantes; él no tiene un estilo, o más bien los tiene todos, desde hace unos años se ha dedicado a redactar un repertorio que aúne la vasta lista de temas que domina, que van desde clásicos de jazz, Stéphane Grappelli, como no, hasta música tradicional de países y regiones de todo el mundo, vertiginoso bluegrass americano, música klezmer; es una manía, se interesa antes por una canción si procede de un país del que aún no toca nada. Pero las colaboraciones con otros músicos y los conciertos remunerados en general son escasos, no encuentra complicidad fácilmente y, de echo, amén de a solas, como más cómodo se encuentra es tocando en la calle dónde su compromiso y el del público son efímeros, nadie le obliga a un horario, a un repertorio y el transeúnte que se detiene es sincero como nunca lo será quién pagó una entrada. Mientras ignora lo que busca, sigue tocando; seguirá tocando hasta saber qué está buscando.
            Seis días de largos hasta la boya, de agradables tostadas al sol que le permiten ver luces raudas bajo los párpados cerrados y trastocar el sentido del oído hasta que el mundo se viste de siesta, de amables menús del día con achispamiento y posterior somnolencia por el tintazo de la casa, y de música; pero no de escuchar música, no quién apenas ha comprado uno o dos discos en su vida, casi no grabó nada de los colegas y no sabe como funciona eso de descargar de internet; aunque de una generación joven, no se aprende lo que no interesa. Música interpretada, porque sí, método de aprendizaje propio y único gestado a base de años de tomar de aquí y allá, de métodos en formato libro, en CD, de maestros varios, de vídeos, pero sobre todo de tomar lo interesante desechando la paja, ¿para qué un ejercicio de dedos si puedo desarrollar lo mismo tocando mil canciones mientras disfruto? Porque Cristóbal disfruta, eso es innegable, a qué si no este tocar horas y horas, jornadas que en ocasiones han de abandonarse por impertinentes dolores de espalda, por qué tener un violín que apenas ha conocido funda y sí su lugar en la mesa del salón junto a un maremágnum de partituras, notas manuscritas, algunas indescifrables incluso para su autor, libros surcados de pentagramas, la colofonia con la que frota las cuerdas, cuyo aroma ya en el seco Madrid le recordaba el mar salado.
            Y en el sexto día la rutina se altera. Marina tiene nombre azul, piel morena heredada, acento andaluz y una mirada limpia que te traspasa, que te hace sentir importante, que promete que el mundo posee la emoción de la incertidumbre; y Cristóbal, por primera vez en muchos años, deja de pensar por unos minutos en staccatos, se olvida de golpear el relieve de dos de sus dientes al ritmo de la música que inunda su cabeza. Marina atenaza la misma pulsera que el musicante sujeta (juraría que él la cogió primero), inclinada sobre la tabla atestada de baratijas del puesto de marroquinería del paseo marítimo.
-Tampoco es para ponerse así, para ti, hombre –tiene un vestido de flores, breve, de verano.
- No… no importa, sólo estaba mirando, pero creo que yo la había cogido antes.
Este fue el desencadenante. Cristóbal no acertaba a comprender qué había dicho de gracioso para que alguien se riera de esa manera. Una risita en cascada, franca, impostada, aleccionadora, insultante, una risa cuya traducción en palabras venía a decir: ¿Pero cómo se te ocurre una cosa así, hombre?
-¿No será que me la quieres regalar? – Ahora una sonrisa que esconde perfectamente la inquietud por haber ido demasiado lejos, apoyada por los ojos negros que son el perfecto remate a Marina, que bien podría ser de Torrox, bien tener cercanos antepasados saharauis.
En efecto, ya la dueña del puesto, que ejerce de árbitro entre los dos contendientes, aunque uno de ellos no sepa que lo es, dio su veredicto con una leve mueca. Así que Cristóbal se va, con la sensación de haberse perdido algo sin saber muy bien qué, Marina se va, con la sensación de casi haber ganado algo por los pelos, y la jipi se queda con la sensación de medio haber vendido algo, lo cual es no vender nada, y de haber asistido a un comienzo y final.
El madrileño vuelve al apartamento, pone un disco y se pone a tocar sobre Autum Leaves, “sólo un par de canciones antes de bajar a almorzar”. Es ahí cuando pierde el sentido de la métrica, del tiempo, si alguien le preguntase no sabría decir qué tema acababa de tocar, si preguntasen a ese alguien diría que acababa de asistir a una interpretación irrepetible. Porque Cristóbal no está, ojos cerrados, es un mero vehículo para la voz del otoño, del trozo de madera emanan lascas de corteza de olmo derretida, la fidedigna traducción sin palabras del quejido paladeado de tantas almas se derrama en un pequeño apartamento en Nerja, ignorante de que algún que otro vecino siente en ese instante un interno rebullir inesperado.
Después de una cena frugal el joven decide acicalarse e internarse en la noche engalanada para el heterogéneo visitante. El aire huele a espetos de sardinas, a gofre, a bronceador de coco, a cientos de perfumes traídos de toda Europa hasta su Balcón por una multitud de extranjeras de piel de porcelana, hay puestos de helados, músicos callejeros, terrazas dónde trasegar cerveza a precio español, triángulos de pizza. Cristóbal pisa una gigantesca rosa de los vientos y se apoya en la baranda para observar un Mediterráneo bañado de luna e imaginar la cercanía de África, allá enfrente; “allí tocan el violín en vertical, como si fuera un chelo”.
-¿No irás a tirarte? -Marina le saca del ensimismamiento.
-Ah, eres tú, ¿qué tal? No, hoy no me tiro.
-¿Hoy no, no tendrás mal de amores?
-No, nada de eso, era broma. Y tú, ¿qué haces por aquí, paseando?
-Yo trabajo cerca del Balcón de Europa, pero tú estás un poco lejos del Playazo, que es dónde está tu apartamento, ¿no me estarás siguiendo?
-¿Cómo? No mujer, sólo paseaba.
-Y ¿de dónde eres?
-De Madrid.
-De Madrid al cielo.
-Eso dicen pero mira, yo me he escapado al sur –Cristóbal tamborilea en la baranda.
-Pero no de un amor.
-No, quería ver el Mediterráneo antes de que lo pudran del todo; ¿no serás tú la que tiene el mal de amores ese?
- Bueno, algo puede que haya por ahí –apoyada con su risa cantarina- y la pulsera, ¿me la has comprado ya?
-Ah, pues no sabía…
-Si es que los hombres no sabéis.



                                         *



Los días pasan acercándose a la fecha de caducidad de un castellano en la Costa del Sol, la música fluye se diría que desde siempre, los menús del día andaluces atesoran varios miles de sabrosas calorías, gazpachuelo con gambas y merluza, filetes empanados con papas fritas, tinto con limón, fritura de pescado, ternera en salsa, en blanco de jureles con guisantes nadando en el plato cual ojos verdes de pez, ensaladilla rusa, por un breve suplemento puedes degustar una sublime ensalada de pimientos asados que aquí preparan con una proverbial compañía de tomate fresco y orégano, ración de callos con garbanzos para sudar la tarde veraniega y quedar como un dios agradecido; encuentros fortuitos y agradables con Marina en la playa, dónde dos echan carreras hasta la boya y la sureña siempre gana con un estilo de natación mucho más nato, dos se rebozan de arena ardiente, encuentros en calle Carabeo que terminan tomando pizza en una terraza, siempre casualidades; Marina insinúa encuentros premeditados pero Cristóbal anda últimamente componiendo una obra que le tiene la cabeza alborotada de corcheas, claves de sol y calderones que tratan de escapar a veces con una risita que impacienta al maestro.
              -Yo creo que esta noche deberías enseñarme el violín en tu apartamento y tocarme algo –Marina mira fijamente a Cristóbal y se pregunta si no debería haber sido más clara hace días, ya que es la víspera de la partida del madrileño.
Cristóbal empieza a pensar que Marina quiere algo con él mientras da unos retoques a una segunda voz para flauta en la obra que arregla constantemente en su cabeza.
De nuevo, es de noche, como tantas veces anocheció en Andalucía con aires preñados de jazmines, damas de noche y promesas. El pequeño salón, sillón de IKEA, tiene la cortina corrida sobre una terraza abierta al mar, el viento de poniente infla los doseles como la vela de un barco, el aroma a aire salado hoy ha sido desplazado por una sinfonía de hebras de humo de diferentes inciensos, aromas de té, fresca yerbabuena, acogedora canela, tabacos de liar de varios orígenes crean una neblina propicia para el susurro de espuma que se deshace de la cercana playa; Marina se ha traído toda la artillería aromática. Cristóbal, tras las primeras toses del no acostumbrado a fumar, comienza a sentir un leve amodorramiento, comodidad, empieza a barajar la posibilidad de trasladarse a vivir a Nerja, Chanquete sabía lo que hacía.
No será la última vez en que una piel abrasada por el sol del día desee un soplido ajeno por la noche, se volverán a sentir complicidades, la novedad de un vestido que sale por la cabeza de una muchacha provocando movimientos en turgencias y caer de una mata de pelo larga, espesa, de texturas diversas y brillos ahora atenuados por la oscuridad de la estancia. El madriles comienza a perfilar definitivamente la composición musical. Es verdad que ciertas edades, ciertas urgencias, utilizan como tálamo la cabecera de un sofá, una mesa repentinamente vaciada de objetos enojosamente inútiles, un pie a tierra con firmeza se basta para dos, los contendientes componen estatuas móviles bellísimas, a veces se quedan congelados en instantes de plenitud, él denota determinación en el esfuerzo, ella un ímpetu procaz agresivamente femenino. Marina se siente la ganadora de un premio muy luchado que hace relamerse a su alma, Cristóbal siente que le ha tocado el gordo sin haber jugado, aunque un pequeño remordimiento le reconcome por no estar tocando, ella es explícita en sus apetencias, él recorre un pentagrama interno como el de una pianola. Marina se deja llevar por un estremecimiento, otra vez, que la vuelve a llevar a una muerte pequeña, Cristóbal se derrama desde dentro con fiereza mientras acaba de dar los últimos retoques a la pieza.
Se titulará Marina.

domingo, 20 de mayo de 2012

Diario de un crítico


Noviembre.
Sigo buscando en mis libros a la espera de saber qué es lo que busco. Por lo demás, el año no importa, apenas unas leves molestias cervicales me hacen percibir el tiempo trascurrido.
Continúo, avergonzado aún a mis años, sumergiéndome en novelas más o menos ejemplares, clásicos heterogéneos, ensayo, realismo económico, otra vez El Quijote, literatura rusa. Simultaneo la búsqueda con escritura semiautomática que no se detiene. Realizo proyectos destinados a acabar con la literatura, para lanzar campañas que logren desenganchar a la población del hábito de la lectura. Me auto inflijo densas críticas que redacto analizando (despedazando) a todos los autores de la creación. Lo sé imposible por una mera cuestión temporal, pero aun así me marco la meta de desnudar y destrozar intelectualmente a todos y cada uno de los libros que con algún éxito hayan sido jamás escritos; me autoafirmo en que no sé que sé que acabaré con todos.
Cervantes escribió un solo libro en el que apenas pasa nada más allá de las peripecias del cerebro de un loco, Shakespeare es un cursi insufrible que analiza cada cosa una y otra vez, la poesía es una mera coyunda de palabras heterogéneas, Ulises no aparece en Ulises, la Biblia es un libro hijo de mil padres, Saramago es una farsa sinsentido e inaudita, Lorca, el éxtasis más o menos ripiado, la moda de los relatos cortos no es más que la exaltación de la pereza.
Diciembre.
(…)

La historia de Clara


Clara solía leer en la plaza, apoyada en la fuente que estaba apagada en invierno. Yo la miraba extasiado, con su fondo de losetas mojadas como en una película americana, así la recuerdo, la ropa de invierno, un libro entre las manos y una media sonrisa que invitaba al observador a leer, a preguntarle qué leía, a preguntarle cualquier cosa, a observarla, a conocerla, a perderse en ella como ella se perdía en el libro ajena a la plaza, a los transeúntes y a las palomas que salpicaban la instantánea de aleteos y deyecciones que caían como aquel maná bíblico.
Aquel día Clara tenía un nuevo e inquietante detalle junto a su pierna: una maleta. De pronto mi visión de cada tarde de plácida se había tornado insidiosa. Supongo que comprendí que mi paisaje iba a cambiar y comencé a sentir un deseo que parecía nuevo de acercarme, de leer sobre su hombro, de ensalzar al autor, de soltar una frase ingeniosa que entreabriera una puerta, había empezado a sentir que perdía un tren sólo cuando estaba a punto de irse.
No cabía esperar; sin pensarlo, me acerqué a ella apretando el ojete a conciencia. Ella, al notar un acercamiento humano continuó leyendo como si no notara nada, después lo supe, con su libro en la mano y su media sonrisa de ángel completo.
-Si alguien me leyera así, yo sería capaz de escribir una historia.

El prado


Un cuento de cuando los niños jugaban en la calle, los coches no dan miedo, saltaban juntos a la comba haciendo una ronda. Perros felices se enredan entre las piernas de los niños, les tienen cariño. Las madres llaman a la merienda, que esto se aprenda. El sol es amarillo, mi perro tiene un rabillo.
Los niños la pelota, las niñas la cuerda, lo que dices me rebota, la bruja y la rueca. Los pájaros cantan, las nubes se levantan, mi padre hace siesta, tu madre sube por la cuesta. Cantos que sueñan, niños que pueblan, almas que se disfrazan de mayores y de fiesta.
El aire en las hojas, las hojas en los árboles, los árboles en el prado, el prado entre las casas, las casas vigilan a los piratas, los capitanes, hermosos galeones, policías y ladrones, se lo diré a mi madre, bocadillos en una mano que suavizan el jolgorio, tú siempre chocolate, te presto mi pelota, te apuesto cinco cromos, el que mejor baila el trompo.
Madres que avisan, pero es sólo la primera llamada, aún queda un rato, apuren las chanzas, la cena en la mesa. Mañana verás en un tris tras, me tengo que ir, tienen que soñar esta noche con un prado, una patria plagada de corsarios, futbolistas y princesas.