Amanece
sobre Nerja como podría hacerlo sobre Viena, Galway o Hamelín. El sol arranca
destellos sobre los lomos de una enciclopedia simulada, empleada por el casero
para decorar económicamente una casa de alquiler, el aire es ya tibio desde muy
temprano lo que anuncia otra jornada de calor húmedo y sofocante.
Cristóbal
permanece en la cama de sábana revuelta y jirones de sueño, el mundo se divide
en dos: me levanto y aprovecho el tiempo o me quedo en la cama hasta que me
salga de las narices, total, estoy de vacaciones. Un tercer pensamiento, en
realidad subordinado del primero, decanta la decisión, si no te levantas
después te vas a arrepentir.
Cristóbal
se vuelve hasta ponerse de costado y ahí gira el tronco con cuidado irguiéndose
mientras baja las piernas de la cama y espera un poco sentado en el borde, usa
esta técnica para no dañarse la espalda, que ya le ha dado algún que otro susto;
mientras, piensa que a los treintaidós años ya no se es un chaval (y el lector
de este cuento que ya haya pasado con creces esa edad piensa ¡qué tontería!). Cuando
sale a la terraza y estira su cuerpo apoyándose en la barandilla una brisa
salobre le saluda, el mar titila casi como el de su infancia, una leve sonrisa
se dibuja inconsciente en su cara por las endorfinas engendradas por el
Mediterráneo que refleja el sol nuevo de la mañana. Cristóbal se pregunta, como
hicieron tantos otros en la misma terraza, en el mismo bloque de apartamentos,
en la misma Nerja, en otros miles de pequeñas ciudades residenciales y vacacionales,
que cómo será vivir aquí todo el año; por fuerza ha de abandonarte la sensación
de novedad, la percepción de que todo el mundo por la calle es feliz seguro que
es superada al comprobar que es tu felicidad la que ves reflejada en los demás
cuando tienes quince días por delante sin obligaciones, la resaca del mar llena
tu dormitorio de música cadenciosa y olor a brea, y el sol brilla en tu cara
coreado por los chillidos de las gaviotas que emulan a las de tu niñez. Sí, residir
aquí de forma permanente por fuerza ha de conjurar hechizos de verano azul,
pero no se debe vivir mal junto a un mar cuya presencia te reconforte; él no te
va a traicionar, siempre serás tú quién le deje primero.
Cristóbal
se pone en marcha; su mente comienza a funcionar de forma productiva
adelantándose a sus acciones, sus actos van por detrás de su cerebro que va
dando órdenes e, implacable, poniendo orden en su día; pon la cafetera, ¿vas a
ir a la playa?, tienes que ir aunque sea un rato, a ver si te vas a volver a Madrid
de color pajizo, hay que poner un poco de orden en el apartamento, poca cosa,
por suerte es pequeño y no es mío, ¿dónde vas a comer?, el bar de menús de
abajo tiene buena pinta, lo esencial es que sea familiar y ver que la
familia come allí, además, económico,
que La Casta se lo está llevando todo, después pequeña siesta y al final, toda
la tarde para mí.
*
Cristóbal lleva seis días de vacaciones y ha conseguido
la relajación necesaria, el viajero se apacienta cuando se adapta al nuevo entorno;
da gracias cada día a san Chanquete por favores recibidos, pero su clímax se encuentra
en su rutina, pasea, nada, toma el sol, sestea, compra algo en los tenderetes
de los jipis, pero una vez reducidos todos los factores de su día y acotados en
el tiempo, el resto de las horas, elegidas entre las más favorables para no
tener polémicas vecinales, son suyas para lo único que importa, tocar el
violín.
El
violín de Cristóbal, prolongación de sí mismo, fidedigno modo de expresión de
su alma, razón de ser de su tiempo. Que pregunten a familia y amigos, les dirán
que el chaval no piensa en otra cosa, que su música se acerca un poquito a la
obsesión; pero en su fuero interno todos saben que acusan con segundas
intenciones, porque quién espera de Cris que cambie su forma de emplear el
tiempo, desea que cambie sus rutinas por otras más del gusto del acusador; el
egoísmo humano, siempre presente, los amigos de adolescencia que si te vas a
volver majara todo el día dándole al arco, que si no vas a vivir de la música
con tanto virguero como hay por ahí, (siempre con la esperanza de llevarse a
otro compañero de holganza); la familia que si haz algo de provecho, estudia,
de la música no se vive, o sácate otra carrera como hacen otros y, aparte, con
el tiempo que te sobre, ya con un trabajo, haces lo que quieras…
Lo
curioso es que el empecinamiento de Cristóbal tampoco encuentra completo apoyo
en sí mismo, porque Cristóbal apenas estudió en el Conservatorio, que le
pareció frío y aburrido, casi no tomó clases con ningún maestro, los que conoció
le resultaron pretenciosos, estrictos
hasta el absurdo o simplemente pobres ejecutantes; él no tiene un estilo, o más
bien los tiene todos, desde hace unos años se ha dedicado a redactar un
repertorio que aúne la vasta lista de temas que domina, que van desde clásicos
de jazz, Stéphane
Grappelli, como
no, hasta música tradicional de países y regiones de todo el mundo, vertiginoso
bluegrass americano, música klezmer; es una manía, se interesa antes por una
canción si procede de un país del que aún no toca nada. Pero las colaboraciones
con otros músicos y los conciertos remunerados en general son escasos, no
encuentra complicidad fácilmente y, de echo, amén de a solas, como más cómodo se
encuentra es tocando en la calle dónde su compromiso y el del público son
efímeros, nadie le obliga a un horario, a un repertorio y el transeúnte que se
detiene es sincero como nunca lo será quién pagó una entrada. Mientras ignora
lo que busca, sigue tocando; seguirá tocando hasta saber qué está buscando.
Seis
días de largos hasta la boya, de agradables tostadas al sol que le permiten ver
luces raudas bajo los párpados cerrados y trastocar el sentido del oído hasta
que el mundo se viste de siesta, de amables menús del día con achispamiento y
posterior somnolencia por el tintazo de la casa, y de música; pero no de
escuchar música, no quién apenas ha comprado uno o dos discos en su vida, casi
no grabó nada de los colegas y no sabe como funciona eso de descargar de
internet; aunque de una generación joven, no se aprende lo que no interesa.
Música interpretada, porque sí, método de aprendizaje propio y único gestado a
base de años de tomar de aquí y allá, de métodos en formato libro, en CD, de
maestros varios, de vídeos, pero sobre todo de tomar lo interesante desechando
la paja, ¿para qué un ejercicio de dedos si puedo desarrollar lo mismo tocando
mil canciones mientras disfruto? Porque Cristóbal disfruta, eso es innegable, a
qué si no este tocar horas y horas, jornadas que en ocasiones han de
abandonarse por impertinentes dolores de espalda, por qué tener un violín que
apenas ha conocido funda y sí su lugar en la mesa del salón junto a un
maremágnum de partituras, notas manuscritas, algunas indescifrables incluso
para su autor, libros surcados de pentagramas, la colofonia con la que frota
las cuerdas, cuyo aroma ya en el seco Madrid le recordaba el mar salado.
Y
en el sexto día la rutina se altera. Marina tiene nombre azul, piel morena
heredada, acento andaluz y una mirada limpia que te traspasa, que te hace
sentir importante, que promete que el mundo posee la emoción de la
incertidumbre; y Cristóbal, por primera vez en muchos años, deja de pensar por
unos minutos en staccatos, se olvida de golpear el relieve de dos de sus
dientes al ritmo de la música que inunda su cabeza. Marina atenaza la misma
pulsera que el musicante sujeta (juraría que él la cogió primero), inclinada
sobre la tabla atestada de baratijas del puesto de marroquinería del paseo
marítimo.
-Tampoco es para ponerse así, para ti, hombre –tiene
un vestido de flores, breve, de verano.
- No… no importa, sólo estaba mirando, pero creo que
yo la había cogido antes.
Este fue el desencadenante. Cristóbal no acertaba a
comprender qué había dicho de gracioso para que alguien se riera de esa manera.
Una risita en cascada, franca, impostada, aleccionadora, insultante, una risa
cuya traducción en palabras venía a decir: ¿Pero cómo se te ocurre una cosa
así, hombre?
-¿No será que me la quieres regalar? – Ahora una
sonrisa que esconde perfectamente la inquietud por haber ido demasiado lejos,
apoyada por los ojos negros que son el perfecto remate a Marina, que bien
podría ser de Torrox, bien tener cercanos antepasados saharauis.
En efecto, ya la dueña del puesto, que ejerce de
árbitro entre los dos contendientes, aunque uno de ellos no sepa que lo es, dio
su veredicto con una leve mueca. Así que Cristóbal se va, con la sensación de
haberse perdido algo sin saber muy bien qué, Marina se va, con la sensación de casi
haber ganado algo por los pelos, y la jipi se queda con la sensación de medio
haber vendido algo, lo cual es no vender nada, y de haber asistido a un
comienzo y final.
El madrileño vuelve al apartamento, pone un disco y
se pone a tocar sobre Autum Leaves, “sólo
un par de canciones antes de bajar a almorzar”. Es ahí cuando pierde el sentido
de la métrica, del tiempo, si alguien le preguntase no sabría decir qué tema
acababa de tocar, si preguntasen a ese alguien diría que acababa de asistir a
una interpretación irrepetible. Porque Cristóbal no está, ojos cerrados, es un
mero vehículo para la voz del otoño, del trozo de madera emanan lascas de
corteza de olmo derretida, la fidedigna traducción sin palabras del quejido
paladeado de tantas almas se derrama en un pequeño apartamento en Nerja,
ignorante de que algún que otro vecino siente en ese instante un interno rebullir
inesperado.
Después de una cena frugal el joven decide
acicalarse e internarse en la noche engalanada para el heterogéneo visitante.
El aire huele a espetos de sardinas, a gofre, a bronceador de coco, a cientos
de perfumes traídos de toda Europa hasta su Balcón por una multitud de
extranjeras de piel de porcelana, hay puestos de helados, músicos callejeros,
terrazas dónde trasegar cerveza a precio español, triángulos de pizza.
Cristóbal pisa una gigantesca rosa de los vientos y se apoya en la baranda para
observar un Mediterráneo bañado de luna e imaginar la cercanía de África, allá
enfrente; “allí tocan el violín en vertical, como si fuera un chelo”.
-¿No irás
a tirarte? -Marina le saca del ensimismamiento.
-Ah, eres
tú, ¿qué tal? No, hoy no me tiro.
-¿Hoy no,
no tendrás mal de amores?
-No, nada
de eso, era broma. Y tú, ¿qué haces por aquí, paseando?
-Yo trabajo cerca del Balcón de Europa, pero tú estás un poco lejos
del Playazo, que es dónde está tu apartamento, ¿no me estarás siguiendo?
-¿Cómo?
No mujer, sólo paseaba.
-Y ¿de
dónde eres?
-De
Madrid.
-De
Madrid al cielo.
-Eso dicen pero mira, yo me he escapado al sur –Cristóbal tamborilea
en la baranda.
-Pero no
de un amor.
-No, quería ver el Mediterráneo antes de que lo pudran del todo; ¿no
serás tú la que tiene el mal de amores ese?
- Bueno, algo puede que haya por ahí –apoyada con su risa cantarina- y
la pulsera, ¿me la has comprado ya?
-Ah, pues
no sabía…
-Si es
que los hombres no sabéis.
*
Los días pasan acercándose a la fecha de caducidad de un castellano en
la Costa del Sol, la música fluye se diría que desde siempre, los menús del día
andaluces atesoran varios miles de sabrosas calorías, gazpachuelo con gambas y
merluza, filetes empanados con papas fritas, tinto con limón, fritura de
pescado, ternera en salsa, en blanco de jureles con guisantes nadando en el
plato cual ojos verdes de pez, ensaladilla rusa, por un breve suplemento puedes
degustar una sublime ensalada de pimientos asados que aquí preparan con una
proverbial compañía de tomate fresco y orégano, ración de callos con garbanzos
para sudar la tarde veraniega y quedar como un dios agradecido; encuentros
fortuitos y agradables con Marina en la playa, dónde dos echan carreras hasta la
boya y la sureña siempre gana con un estilo de natación mucho más nato, dos se
rebozan de arena ardiente, encuentros en calle Carabeo que terminan tomando
pizza en una terraza, siempre casualidades; Marina insinúa encuentros
premeditados pero Cristóbal anda últimamente componiendo una obra que le tiene
la cabeza alborotada de corcheas, claves de sol y calderones que tratan de
escapar a veces con una risita que impacienta al maestro.
-Yo creo que esta
noche deberías enseñarme el violín en tu apartamento y tocarme algo –Marina
mira fijamente a Cristóbal y se pregunta si no debería haber sido más clara
hace días, ya que es la víspera de la partida del madrileño.
Cristóbal empieza a pensar que Marina quiere algo con él mientras da
unos retoques a una segunda voz para flauta en la obra que arregla
constantemente en su cabeza.
De nuevo, es de noche, como tantas veces anocheció en Andalucía con
aires preñados de jazmines, damas de noche y promesas. El pequeño salón, sillón
de IKEA, tiene la cortina corrida sobre una terraza abierta al mar, el viento
de poniente infla los doseles como la vela de un barco, el aroma a aire salado
hoy ha sido desplazado por una sinfonía de hebras de humo de diferentes
inciensos, aromas de té, fresca yerbabuena, acogedora canela, tabacos de liar
de varios orígenes crean una neblina propicia para el susurro de espuma que se
deshace de la cercana playa; Marina se ha traído toda la artillería aromática.
Cristóbal, tras las primeras toses del no acostumbrado a fumar, comienza a
sentir un leve amodorramiento, comodidad, empieza a barajar la posibilidad de
trasladarse a vivir a Nerja, Chanquete sabía lo que hacía.
No será la última vez en que una piel abrasada por el sol del día desee
un soplido ajeno por la noche, se volverán a sentir complicidades, la novedad
de un vestido que sale por la cabeza de una muchacha provocando movimientos en
turgencias y caer de una mata de pelo larga, espesa, de texturas diversas y
brillos ahora atenuados por la oscuridad de la estancia. El madriles comienza a
perfilar definitivamente la composición musical. Es verdad que ciertas edades,
ciertas urgencias, utilizan como tálamo la cabecera de un sofá, una mesa
repentinamente vaciada de objetos enojosamente inútiles, un pie a tierra con
firmeza se basta para dos, los contendientes componen estatuas móviles
bellísimas, a veces se quedan congelados en instantes de plenitud, él denota
determinación en el esfuerzo, ella un ímpetu procaz agresivamente femenino.
Marina se siente la ganadora de un premio muy luchado que hace relamerse a su
alma, Cristóbal siente que le ha tocado el gordo sin haber jugado, aunque un
pequeño remordimiento le reconcome por no estar tocando, ella es explícita en
sus apetencias, él recorre un pentagrama interno como el de una pianola. Marina
se deja llevar por un estremecimiento, otra vez, que la vuelve a llevar a una
muerte pequeña, Cristóbal se derrama desde dentro con fiereza mientras acaba de
dar los últimos retoques a la pieza.
Se titulará Marina.